Erika
Espinosa Díaz
Fundadora de NARÄ Equino
y facilitadora de los encuentros.
Detrás de NARÄ hay una historia
Soy colombiana, aunque con el tiempo he sentido que ya no soy de aquí ni de allá. Soy hija del viento, de la montaña, del mar, de las estrellas y de la Tierra.
Hace más de cinco años comenzó en mí una búsqueda profunda. Una búsqueda de mi ser, de mi alma y de aquello que, desde algún lugar dentro de mí, siempre había sentido que existía, aunque todavía no supiera cómo encontrarlo.
Mi camino ha estado lleno de quiebres, aprendizajes y momentos en los que tuve que volver a empezar. También ha sido un camino de descubrimiento, de preguntas y de encuentros que, poco a poco, me han llevado a comprender quién soy y qué quiero aportar a este mundo.
Soy desarrolladora web y, durante años, mi trabajo detrás de una pantalla me permitió construir un sustento y salir adelante. Agradezco profundamente esa posibilidad, porque me dio independencia y me permitió sostener mi vida. Sin embargo, dentro de mí existía una inquietud que no desaparecía: sentía que había algo más. Que mi vida no podía limitarse a trabajar, cumplir y seguir adelante sin escuchar aquello que sucedía dentro de mí.
Cuando dejamos de habitarnos
Durante una etapa difícil, atravesé una profunda desconexión conmigo misma. Sin darme cuenta, comencé a refugiarme en hábitos que me permitían evitar lo que sentía, entre ellos el alcohol. Mi trabajo también llegó a convertirse en una forma de mantenerme ocupada y no mirar demasiado hacia dentro.
Por fuera, continuaba con mi vida. Trabajaba, resolvía y seguía adelante. Pero por dentro, algo se estaba apagando.
Llegó un momento en el que sentí que estaba muriendo en vida. Mi cuerpo, mi mirada y mi relación conmigo misma reflejaban una tristeza y una desconexión que ya no podía seguir ignorando.
Y ese vacío también comenzaba a reflejarse en mi manera de relacionarme con el mundo. Sin comprenderlo del todo, repetía patrones, volvía a los mismos lugares emocionales y continuaba viviendo de formas que terminaban alejándome cada vez más de mí.
A veces seguimos adelante por inercia. Sobrevivimos, cumplimos con nuestras responsabilidades y repetimos una y otra vez las mismas formas de pensar, sentir y relacionarnos. Sin embargo, en lo profundo, sabemos que algo no está bien; que, aunque la vida continúa, no estamos viviendo de una manera que realmente nos nutra.
Yo sentía que había algo más esperándome. Una vida que todavía no estaba sabiendo habitar, algo dentro de mí que anhelaba expresarse, aunque aún no supiera cómo.
Aprender a sostener mi sensibilidad
Siempre he sido una persona sensible, pero durante mucho tiempo no supe cómo sostener esa sensibilidad. Y hoy comprendo que esta fue una de las grandes dificultades de mi vida.
Cuando no sabemos comprender lo que sentimos, poner límites y cuidar nuestro mundo interior, nuestra sensibilidad puede convertirse en una fuente de agotamiento. Las personas, los lugares y las experiencias pueden llegar a drenarnos tanto que, poco a poco, comenzamos a perder el contacto con nosotros mismos.
A veces, cuando nuestra manera de sentir y percibir el mundo no encuentra comprensión, terminamos sintiéndonos diferentes, fuera de lugar. Incluso podemos llegar a creer que hay algo mal en nosotros, especialmente cuando escuchamos una y otra vez que somos demasiado sensibles, que exageramos o que estamos locos.
Durante mucho tiempo, yo tampoco supe cómo comprender lo que sucedía dentro de mí. Sentía profundamente, intuía que había algo más, pero todavía no tenía las herramientas para reconocer mi sensibilidad, darle un lugar y aprender a vivir desde ella sin perderme en el intento.
Poco a poco fui comprendiendo que mi sensibilidad no era algo que debía apagar ni esconder. Era algo que necesitaba aprender a escuchar, comprender y desarrollar con responsabilidad.
No se trataba de sentirlo todo sin límites, sino de aprender a estar presente sin perderme en lo que siento. De reconocer cuándo algo me nutre y cuándo me aleja de mí. De descubrir que la sensibilidad también necesita raíces, límites, conciencia y cuidado.
Una puerta hacia mi mundo interior
Mi curiosidad por la antropología, las culturas ancestrales y las distintas formas de comprender la existencia me acompañó durante toda mi vida. Había en mí una inquietud profunda por descubrir aquello que intuía, pero que todavía no sabía nombrar.
Un día llegó una invitación que marcaría un antes y un después en mi camino: participar en una ceremonia en Aramara, un lugar sagrado vinculado a la cultura wixárika.
Aquel encuentro con la medicina abrió una puerta hacia mi mundo interior. Fue una experiencia que me invitó a mirar la vida desde otra perspectiva y despertó preguntas que, desde entonces, comenzaron a transformar mi manera de comprenderme y de relacionarme con el mundo.
Sin embargo, con el tiempo entendí algo fundamental: una experiencia profunda puede abrirnos una puerta, pero no puede recorrer el camino por nosotros.
Aquello que descubrimos en un instante necesita cultivarse día a día, a través de nuestras decisiones, nuestros hábitos y la forma en que habitamos nuestra propia vida. De lo contrario, incluso una experiencia espiritual puede convertirse en otra forma de escapar de nosotros mismos.
La ceremonia abrió una puerta. Mi camino comenzó cuando decidí cruzarla conscientemente.
El valor del silencio y la distancia
A medida que avanzaba en mi búsqueda, comprendí que necesitaba hacer espacio para algo nuevo. Para escucharme de verdad, tenía que reducir el ruido que me rodeaba y dejar de vivir constantemente desde las dinámicas que conocía.
Sentí la necesidad de alejarme por un tiempo de la sociedad tal como la había vivido hasta entonces, de mis rutinas y de muchas de las referencias que habían formado parte de mi mundo. Necesitaba silencio, espacio y tiempo para mirar hacia dentro, comprenderme y dedicarme de verdad a mi cultivo interior.
Fue una etapa de separación de lo conocido, de salir de los ritmos y las formas de vida a los que estaba acostumbrada. No se trataba de rechazar a las personas ni de darle la espalda al mundo, sino de encontrar un espacio donde pudiera escucharme con mayor claridad y reconocer aquello que necesitaba transformar.
A veces, para descubrir una manera diferente de vivir, necesitamos tomar distancia de aquello que nos mantiene repitiendo la misma historia.
En ese espacio pude observar mis patrones, cuestionar antiguas maneras de relacionarme y comenzar a distinguir entre aquello que había aprendido a repetir y aquello que realmente sentía coherente con mi ser.
Fue también una oportunidad para reconocer cuánto necesitaba aprender a sostenerme: habitar mis emociones, cuidar mi sensibilidad y asumir la responsabilidad de la vida que quería construir.
Comprendí que el silencio no era una respuesta definitiva, sino una oportunidad para escuchar preguntas que durante mucho tiempo habían quedado cubiertas por el ruido.
Y que tomar distancia también podía ser una forma de regresar: regresar a mí misma, al cuerpo, a la naturaleza y a una manera de vivir más cercana a lo que sentía verdadero.
Mi camino de práctica y formación
A lo largo de estos años, mi búsqueda interior también se ha expresado a través de distintas prácticas de cultivo, conciencia y conexión con la vida.
El Reiki, el ShenGong y el Qigong forman parte de este camino. A través de estas prácticas he profundizado en la importancia de la presencia, la escucha corporal, la sensibilidad y el cultivo de una mayor coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos.
No las entiendo como una meta que se alcanza de una vez y para siempre, sino como prácticas que me invitan a seguir aprendiendo, observando y cultivando mi relación conmigo misma y con el entorno.
Este recorrido también me llevó a formarme en terapias y acompañamiento asistido con caballos, obteniendo una certificación como Coach Asistida con Caballos (CAAC).
Esta formación me permitió profundizar en las posibilidades del encuentro entre personas y caballos como espacio de observación, aprendizaje y autoconocimiento, reconociendo la importancia de la presencia, la comunicación, el respeto y el bienestar de los animales.
Hoy, estas prácticas y aprendizajes forman parte de la esencia de NARÄ. No como fórmulas para ofrecer respuestas definitivas, sino como recursos que pueden acompañar procesos de exploración personal, conexión y crecimiento, respetando el ritmo y la experiencia de cada persona.
Mi intención es continuar integrando la experiencia vivida, la formación y la práctica consciente para crear espacios donde la sensibilidad pueda encontrar sostén, el encuentro se dé desde el respeto y los caballos sean reconocidos como seres valiosos por sí mismos.
Lo que dolió también puede alquimizarse. Salir del trauma es volver a la propia esencia y vivir desde ahí: con coherencia, con verdad, con empatía.
El encuentro con los caballos
En los caballos encontré una manera diferente de acercarme al presente. Su sensibilidad, su forma de percibir y su respuesta a lo que sucede en el aquí y el ahora me invitaron a escuchar más allá de las palabras.
Con ellos comencé a comprender que el encuentro verdadero no necesita forzarse. Que la presencia, el respeto y la escucha pueden abrir espacios de comprensión que no siempre sabemos explicar.
Los caballos me han invitado a observar mi propia manera de estar en el mundo: cómo me acerco, cómo me relaciono, qué comunico incluso cuando no digo nada y cuánto espacio soy capaz de ofrecer para que otro ser pueda sentirse seguro.
También me han llevado a cuestionar la forma en que los seres humanos nos relacionamos con los animales y con la naturaleza.
Durante demasiado tiempo hemos aprendido a mirar a otros seres desde lo que pueden ofrecernos, producir o hacer por nosotros. Pero ¿qué sucede cuando dejamos de verlos como herramientas y comenzamos a reconocerlos como seres sensibles, con su propia naturaleza, sus necesidades y su manera de habitar la vida?
Para mí, este cambio de mirada es profundamente transformador.
Los caballos no necesitan convertirse en otra cosa para tener valor. Merecen ser respetados, cuidados y reconocidos por quienes son. Y quizá, al aprender a relacionarnos con ellos desde ese lugar, también podamos recordar algo esencial sobre nuestra propia humanidad.
Su presencia me ha enseñado que no todo necesita ser dirigido, explicado o controlado. Que a veces necesitamos aprender a observar, escuchar y permitir que el encuentro suceda a su propio ritmo.
Así nació NARÄ
De todo este camino comenzó a nacer NARÄ.
No como una respuesta definitiva, ni desde la idea de que ya lo había comprendido todo, sino como la expresión de un propósito que fue tomando forma dentro de mí: crear un espacio donde los caballos fueran reconocidos y cuidados como los seres sensibles que son, y donde las personas pudieran tener la oportunidad de encontrarse consigo mismas desde la presencia y el respeto por la vida.
NARÄ nace de un llamado profundo: contribuir a una manera más consciente, sensible y respetuosa de relacionarnos con los caballos, con la Tierra y con nosotros mismos.
Un espacio donde la naturaleza nos recuerde que somos parte de algo mucho más grande; donde podamos detenernos, escuchar y recuperar el vínculo con aquello que la prisa, las exigencias y la desconexión cotidiana muchas veces nos hacen olvidar.
Aquí los caballos no son herramientas. Son seres que merecen una vida digna, cuidado y respeto. Su presencia puede acompañarnos en procesos de observación y autoconocimiento, sin necesidad de forzar encuentros ni imponerles expectativas.
A través de experiencias de conexión con los caballos, prácticas de presencia y distintas formas de cultivo interior, deseo contribuir a que más personas puedan acercarse a su sensibilidad, reconocer sus recursos y encontrar nuevas maneras de relacionarse consigo mismas y con el mundo.
Quiero que NARÄ sea un espacio donde la sensibilidad pueda encontrar sostén; donde la conexión no sea solamente una idea, sino una experiencia que nos invite a estar más presentes; y donde el respeto por la vida se exprese tanto en nuestra relación con los caballos como en nuestras decisiones cotidianas.
Porque creo que el bienestar no consiste solamente en sentirnos mejor durante un momento, sino también en aprender a construir una vida que nos permita habitar ese bienestar con mayor conciencia.
Un camino que continúa
Hoy entiendo que NARÄ también me recuerda aquello que sigo aprendiendo: que la coherencia no es un estado al que llegamos para siempre, sino una práctica que elegimos cultivar cada día.
Sigo aprendiendo. Sigo transformándome. Sigo descubriendo maneras de vivir más cerca de lo que siento verdadero.
No comparto este camino porque tenga todas las respuestas, sino porque conozco la importancia de comenzar a hacerse preguntas. Sé lo que significa sentirse desconectada, no comprender la propia sensibilidad y continuar viviendo por inercia mientras algo dentro de nosotros anhela una vida diferente.
También sé que transformar nuestra manera de vivir requiere tiempo, paciencia, compromiso y mucha honestidad con nosotros mismos.
Por eso, mi deseo no es decirle a nadie cómo debe vivir, sino crear espacios donde podamos detenernos, observarnos y descubrir nuevas posibilidades desde el respeto por el proceso de cada ser.
Creo que no necesitamos ser perfectos para comenzar a transformar nuestra vida. Necesitamos honestidad para mirarnos, valentía para cuestionarnos y paciencia para cultivar aquello que queremos ver crecer.
Una vida donde la sensibilidad tenga espacio, donde la naturaleza vuelva a ser nuestra maestra y donde los caballos no sean herramientas, sino compañeros de encuentro.
Porque cuando cambiamos nuestra manera de mirarnos, también puede cambiar nuestra manera de relacionarnos con todos los seres que comparten este mundo con nosotros.
NARÄ es parte de mi historia, pero también es un compromiso con la vida que elijo construir.
Un puente entre persona, caballo y naturaleza
Vive una experienciaEscríbenos y lo hablamos.